El último taller de huerto urbano en Conillas tuvo un invitado inesperado, o no tanto: la lluvia. Y, contra todo pronóstico, jugó a favor. Mantuvimos el taller en el exterior, bajo la carpa, y la experiencia fue muy agradable.
El grupo fue especialmente participativo y curioso. Las preguntas surgían de forma constante y natural, generando un diálogo vivo que hizo el taller mucho más dinámico. Esa implicación permitió profundizar en los contenidos, ajustar el ritmo y enriquecer la experiencia para todo el grupo, manteniendo siempre claras las bases del huerto urbano.
El huerto se entiende mucho mejor cuando se toca.
Uno de los momentos más interesantes fue cuando hablamos de los insectos beneficiosos para el huerto, como las larvas de mariquita o de sírfido. Mucha gente no las reconoce —sobre todo las de mariquita, que no se parecen en nada al adulto— y descubrirlo generó mucha curiosidad y sorpresa.
También hubo mucho contacto con la tierra. Manos sucias, olores, texturas, observar cómo es realmente el suelo… todo el mundo disfrutó de esta parte más sensorial del taller, que conecta directamente con la esencia de cultivar. El huerto se entiende mucho mejor cuando se toca.
A nivel práctico, preparamos y plantamos el cajón de cultivo en escalera, donde pusimos acelgas, cebollas, lechugas y caléndula. Un pequeño ecosistema en marcha, creado de forma colectiva.
Éramos un grupo reducido, lo que facilitó mucho la dinámica y la comodidad bajo la carpa. Hacia el final refrescó un poco, pero ya estábamos cerrando el taller y no supuso ningún problema.
Este taller nos deja aprendizajes claros: incluso, los días grises pueden ser inspiradores si hay ganas de aprender. Con un buen plan B y cuidado por los detalles, repetiremos sin dudarlo.
Gracias a todas las personas que participasteis por la curiosidad, la energía y las ganas de ensuciaros las manos. 🌿